Cultura y Sociedad



Nicolás Ledesma García: un músico en la Historia (I).

 
                                                                                                      

Cuando en la larga evolución del ser humano, los gestos, los signos, la palabra y la escritura, no fueron suficientes para comunicar sus sentimientos más profundos, apareció un lenguaje nuevo, misterioso, seductor, compendio de las formas de expresión conocidas: el lenguaje musical. La música expresa lo más íntimo del compositor: los sentimientos. Los sentimientos simples, pero también los más complejos, y éstos hasta sus últimos vericuetos. Y una vez expresados por su autor, esos sentimientos dejan de ser suyos, pasan a ser  “propiedad” de los intérpretes, que los saborean, diseccionan, mezclan y reelaboran, para después transmitirlos al oyente, que vuelve a confundirlos con los suyos, y más que confundirlos, a fundirlos.

Incluso el rechazo de una obra musical, va más allá del mero carpetazo con que se puede terminar la lectura de un libro aburrido o del simple bostezo o ¡cállate! de una conversación poco interesante. Para desconectar de la música que escuchamos, no basta con marcharse de la sala de conciertos o con apagar el reproductor, hay que apagar el oído, el gusto, el olfato y el tacto. En definitiva, hay que silenciar el alma humana.

Pues bien, don Nicolás Ledesma García, fue uno de estos modeladores, tallistas y escultores de sentimientos: ¡un músico! Y ¡qué músico!: compositor, organista, pianista y sobre todo maestro. Un maestro que dejó un buen número de sabios y virtuosos discípulos, algunos de ellos merecedores de tan alta estima como el docente. ¡Qué mejor elogio para un maestro, si un discípulo le iguala o incluso supera!

El musicólogo, crítico musical, compositor, pianista y académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, José María Esperanza y Sola (1834-1905), escribió en la revista “La Ilustración Española y Americana” unos apuntes biográficos de Nicolás Ledesma que guían el presente trabajo.

Nicolás Ledesma García nació a la sombra del Moncayo, en Grisel, provincia de Zaragoza, y fue bautizado el 9 de julio de 1791. Sucedía, casi dos años después de iniciarse la Revolución Francesa y de producirse la Toma de la Bastilla, cuando los principios y postulados revolucionarios comienzan a expandirse por toda Europa y sus gobiernos e instituciones se tambalean en medio de una complicada situación política internacional; y unos cinco meses antes de que falleciera el que después sería su compositor idolatrado: Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791).

Los progenitores del griselero Nicolás Ledesma fueron Manuel Ledesma Redrado y María Ana García Navarro, que procedentes del pueblo vecino de Los Fayos se habían afincado en Grisel. Todos sus ascendientes más próximos eran naturales de Los Fayos: sus abuelos paternos Miguel Ledesma y Antonia Redrado, y los maternos Josef García y Eulalia Navarro. Sus padres eran humildes y honrados labradores, que no querían ver a su hijo como ellos, apegados a la tierra, ganándose el pan de cada día con el sudor de su frente, en la más estricta acepción de la palabra. Y por eso, y viendo sus felices disposiciones para la música, no bien cumplida la edad de seis años, tramitaron su ingreso como niño cantor de coro o “seise”.


Vista de la Catedral de Tarazona (Zaragoza)En la capilla catedralicia de Nuestra Señora de la Huerta de  Tarazona, aprendió solfeo, órgano y algunos elementos de armonía con sus primeros maestros Francisco Javier Gibert y José Ángel Martinduque o “Martinchique”.


Gibert fue elegido maestro de capilla de la catedral de Tarazona, en 1800. En esta época era canónigo de la citada catedral Antonio Allué y Sessé, que más tarde, en 1804, sería nombrado capellán de honor de la Real Capilla de Madrid, y después, en 1820, Patriarca de las Indias Occidentales. El catalán Francisco Javier Gibert, desde su estancia en Tarazona, mantuvo siempre una relación muy estrecha con el influyente y muy cercano a la Casa Real, Allué y Sessé. Así, cuando éste es nombrado capellán de honor, inmediatamente reclama la presencia de Gibert en Madrid, quien en 1804 abandonaría Tarazona para prestar sus servicios en el Monasterio de las Descalzas Reales.





 
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